De todas las cosas que se llevaron los refugiados de su mundo destruido, las más significativas eran también las menos tangibles: los dioses que adoraban, el idioma que hablaban, las historias que contaban. Allí, en la región de Lesbos, los recuerdos del mundo micénico perdido se transmitieron a las generaciones siguientes en narraciones y poemas: historias de grandes ciudades, ricas en oro; evocaciones, a menudo confusas, de batallas y de tipos de armaduras. Sus poemas cantaban las hazañas de guerreros que combatían como leones y se comunicaban con los dioses, de héroes favoritos, como el gran Embaucador, cuyas astutas artimañas siempre conseguían engañar a sus enemigos, y un obstinado gigante que luchaba tras un escudo que le cubría como una muralla —héroes que el mundo conocería más tarde como «Odiseo» y «Áyax».
La guerra que mató a Aquiles, Caroline Alexander