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Portada de «El vuelo del lúgano», de Fernando Sarría
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El vuelo del lúgano

Fernando Sarría

Olifante Ediciones de Poesía · Poesía

Publicación: 3 de agosto de 2026

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Descripción de la editorial

El lúgano que vuela en este, por ahora, último poemario de Fernando Sarría es un pajarillo cantor… Leer más

El lúgano que vuela en este, por ahora, último poemario de Fernando Sarría es un pajarillo cantor parecido al jilguero. Es muy habitual en Fernando Sarría basar buena parte de sus versos en imágenes de la naturaleza, entre las que destacan las aves. En otros libros anteriores el ave más abundante había sido el mirlo (que también aparece alguna vez aquí); ahora, le ha tomado el relevo este lúgano. Pero, por encima del nombre, sea lúgano, mirlo o el hiperónimo «pájaro», lo verdaderamente importante es su significación. Y esta no es otra más que ser un símbolo de la vida, una imagen de la afirmación del poeta en este mundo. Así, en el poema de la página 47, el poeta contempla «huidizo el vuelo del lúgano», escucha «el eco de su leve canto», y así se siente en paz, para concluir: «Soy también parte del paisaje». De algún modo, el poeta se siente incluido en el mundo gracias a la contemplación del vuelo de un ave. O, en la página 79, nos dice: «En el vuelo de un pequeño jilguero se mece el invierno. / Su canto abre el asombro y sostiene el frío en su melodía»; la pequeñez de un pájaro pasa a convertirse, por una especie de sinécdoque, en símbolo de una estación entera. Estos pájaros valen por toda una afirmación de la vida, de la unidad esencial del mundo.

Hemos citado al poeta contemplando al lúgano. Y es que Fernando Sarría es fundamentalmente un contemplador. Decía Carlos Bousoño que un poema no es la expresión de una emoción, sino la contemplación de una emoción, refiriéndose a la actitud que el poeta toma ante sus propios sentimientos. Esto lo sabe muy bien Fernando Sarría, en cuya poesía hay una doble contemplación: sobre la naturaleza, no solo los pájaros, sino muchos otros elementos, como el bosque, la lluvia, las nubes, el agua, las estaciones..., y sobre sí mismo, con meditaciones sobre la vida, el recuerdo, el olvido, el amor, la infancia, el paso del tiempo... Claro está que ambas contemplaciones vienen a confluir, pues la naturaleza adquiere tintes simbólicos para expresar los sentimientos humanos: «Es ancha la lluvia, / nos recorre desde la niñez / hasta el último recuerdo»; «Me gusta deambular por el bosque, / abrazar árboles, [escuchar] cómo el sonido de los pájaros / siembra [...] / esos pequeños instantes / en que la soledad / es una compañera de viaje»; «Trepa la noche con un desnudo verso y ligero equipaje: solamente una vida»; y tantos otros ejemplos en los que el poeta demuestra su gran capacidad para crear imágenes poéticas muy sugerentes y muy logradas. Dentro de estas imágenes sobre la contemplación de la vida que nos ofrece Fernando Sarría, una fundamental es la del viaje. La vida como viaje es un símbolo habitual a lo largo de la historia de la literatura. Pero aquí aparece muchas veces en relación con los elementos de la naturaleza y el pájaro que vuela y canta. Así, en la imagen ya citada de cómo los pájaros acompañan la soledad en el viaje vital. O cuando el poeta se presenta caminando en la noche y tras él «camina y susurra / un mundo habitado de muertos», que son sus ancestros venidos «para hacerme saber lo que es morir / sin descifrar la vida». Otros ejemplos: «Llego despacio, / traigo de lejos mis pequeñas muertes»; «Todo gesto sobre el barro / calza gramos de eternidad / en este viaje solitario».

Ciertamente, la vida como viaje pertenece a la tradición poética universal, que Fernando Sarría ha heredado para remozarla con imágenes de gran fuerza expresiva. Si la vida es un viaje hacia la muerte, el vuelo del lúgano puede convertirse en una afirmación de la vida que el pájaro representa. El lúgano vuela (imagen del viaje), pero lo que encuentra es la tranquilidad: «Contemplo el vuelo del lúgano / hacia la fronda perenne y segura de los pinos». De modo que, frente el vacío que nos amenaza, podemos oponer la afirmación de la vida simbolizada por la naturaleza. Hasta el punto de que el poeta se siente en cierto momento tan identificado con el pasaje que llega a afirmar: «Soy un color del día». Este via

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